Un boludo enamorado.
Septiembre en las afueras de Buenos Aires. Primavera. El ciclo de la vida vuelve a empezar.
Un sábado que no dice demasiado. Se presenta tranquilo y pasivo. Son las 14:40. O por ahí. El termómetro apunta a los 24 grados. Clima ameno. Se hace notar. Pero no lo suficiente como para no pasar desapercibido.
El barrio conserva el aspecto de los últimos 17 años. Casas que mezclan el estilo inglés y español. Me fijo en una en particular. De puertas verdes. Con espacio para al menos dos coches.
En la vereda de aquel hogar, el silencio se hace escuchar. La hora del aplomo y la siesta no se negocia.
Una vecina que se ha olvidado de llevar el pan rompe un poco la monotonía. Y casi la persiana del panadero. Que falte cualquier cosa menos el pan sobre la mesa.
Las puertas del color de la naturaleza de aquella casa son más bien rejas. Y sí. Que hay que cuidar lo que es de uno. Que el trabajo dignifica pero no al que vive de lo ajeno.
Detrás de esos finos barrotes se dejan ver. Un grupo de chicas adolescentes. Están allí pasando el rato. Con desaprensión. A esa altura de la vida las preocupaciones pasan por descifrar las mates y saber si le gusto a la chica que se sienta dos pupitres más atrás.
Esto último es tema de estado. Ligar representaba estar en guerra contra la falta de habilidades persuasivas para el amor. O eso que se le parecía. A costa del caos hormonal típico de la época.
Oki.
Frena un coche. Modelo antiguo. Quizás del año en que los beatles se despiden en la terraza. Apaga el motor. Se baja alguien. Un señor. El conductor. Y no es un conductor más. Aquel día pasaría a ser algo más.
Está solo. O eso parece.
Desciende con una particularidad. Son dos. Una en al cara. Se siente y se ve un poco desorientado. Aunque parece que sonríe. Y lleva algo en al mano. La segunda. La segunda particularidad digo. Algo que no se puede confundir.
Flores. Lleva flores.
Apunta hacia la casa de rejas verdes. Ahora se lo ve seguro. Decidido. Sabe lo que tiene que hacer. Tarda unos 30 segundos. Quizás un poco más. Sube al coche. Ya sin la flores.
Arranca más deprisa de lo habitual. Queriendo dejar atrás rápido al grupo de chicas. Que pedían explicaciones. Aunque ya las tenían.
Oki2.
Esta es una historia que me ha marcado la forma de apuntar mi futuro. Y sobre todo mi presente.
Aquel señor que baja del coche con las flores era un muy amable conductor de lo que hoy sería un Uber. Que se prestó para un exhaustivo plan. Que salió a la perfección.
Lo gracioso eran los tres chavales tirados en el asiento de atrás llenos de vergüenza y risas para no ser vistos. Un tímido servidor y sus dos mejores amigos.
Es la anécdota de cómo “conquisté” a mi primera novia. Que la verdadera verdad es que ya me tenía bien conquistado ella a mí. Y que como todo lo que sucede por primera vez deja una huella para siempre. Invariable.
Lo que más me ha dejado ese momento, a pesar de y por la adolescencia, es la ilusión de hacer para divertirme, para ser sin preocupaciones, y por demostrar amor con el fin único de disfrutarlo.
Amor. Ilusión. Y disfrute.
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Al negocio. A las personas que quiero ayudar. Y por qué no, a la vida.
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Para que puedas sentir Amor por ayudar a muchas personas. Ilusión por impactar y transformar. Y disfrute por recibir económicamente tanto como das.
La vida adulta no es la adolescencia, pero por qué no imprimirle un poco de aquella vitamina. Y qué mejor que un domingo para hablar de amor, ilusión y disfrute.
Estás invitado.
PD: el nombre de la sección se lo debo a uno de mis cómplices en aquella aventura, que me dijo “ah, estás hecho un boludo enamorado”. Y era cierto.
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Un boludo enamorado - Amor, Ilusión y Disfrute
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